Familia Cuerda Frotada

Por Carolina Castro Gil

Los instrumentos musicales son objetos formados por la combinación de uno o más sistemas resonantes y medios para su vibración, es decir, que producen sonido. Generalmente se clasifican en las familias que conforman la orquesta sinfónica: cuerda, viento madera, viento metal y percusión; y se amplía a otros grupos de voces, teclados y electrónicos. Desde 1914 también es utilizada la clasificación que realizaron los músicos Sachs y Hornbostel, que agrupa los instrumentos atendiendo a las propiedades físicas y la forma como se genera o produce el sonido: idiófonos (cuerpo sólido percutido), membranófonos (membrana percutida o frotada), aerófonos (vibración del aire) cordófonos (vibración de una cuerda tensionada) y electrófonos (mediante circuitos eléctricos).

El violín, la viola, el violonchelo y el contrabajo hacen parte de los instrumentos cordófonos porque el sonido se produce al hacer vibrar las cuerdas tensas frotadas por el arco o pellizcadas (pizzicato). Etimológimente, violín provienen de la palabra francesa “vyollon» que significa “pequeña viola”, que fue utilizada para designar un nombre a la familia de cuerdas en 1529 e inspiró la palabra italiana “violino” que significa “viola pequeña», que empezó a usarse en 1537. Sus orígenes se remontan a la región italiana de Ferrara alrededor de 1480, como un instrumento para música de danza que combinaba las tres cuerdas del rebec y el cuerpo de la lira da braccio. El instrumento adquirió la cuarta cuerda alrededor de 1550.

Los instrumentos de la familia Cuerda Frotada son una caja de resonancia en forma de 8, un mástil sin trastes y cuatro cuerdas que se frotan con un arco, que es una vara estrecha, de curva suave y construida históricamente de Pernambuco y una cinta de crin de caballo tensada, al frotar las cuerdas, las hace vibrar, generando ondas sonoras que se amplifican en la caja de resonancia del instrumento. Para que las cuerdas vibren y suenen eficientemente, las cerdas del arco deberán ser frotada adecuada y regularmente con una resina llamada colofonia. A diferencia de los instrumentos de cuerda pulsada, los de cuerda frotada permiten mantener el sonido de forma continua, ofreciendo una gran expresividad y variedad de matices.

El cuarteto de cuerda: diferencias de tamaño y registro

El violín, la viola, el violonchelo y el contrabajo forman el núcleo del cuarteto de cuerda y la sección de cuerdas de la orquesta sinfónica. Se diferencian principalmente por su tamaño y, consecuentemente, por su registro sonoro.

Construcción y partes principales

A pesar de las diferencias de tamaño, estos instrumentos comparten una estructura similar. Están compuestos por una caja de resonancia, formada por una tapa armónica (generalmente de abeto) y un fondo (normalmente de arce), unidas por aros. El mástil, generalmente de arce, se extiende desde la caja y sostiene el diapasón, una pieza de ébano sobre la cual se presionan las cuerdas con los dedos para modificar su longitud vibrante y, por lo tanto, la altura del sonido. El puente, situado sobre la tapa armónica, transmite las vibraciones de las cuerdas a la caja de resonancia. Otras partes importantes son el cordal, que sujeta las cuerdas en el extremo inferior del instrumento, y las clavijas, que permiten afinar las cuerdas enrollándolas o desenrollándolas.

Técnicas interpretativas y expresividad

La técnica interpretativa de los instrumentos de cuerda frotada es compleja y requiere un largo aprendizaje. Durante la práctica de los instrumentos de cuerda frotada se desarrollan contenidos transversales sobre la técnica del instrumento, que buscan un mayor desarrollo y destreza a medida que se pasa de un nivel a otro.

Estos contenidos transversales se enseñan a través de las diferentes tonalidades aplicadas en  escalas mayores, menores, cromáticas, arpegios, dobles cuerdas, octavas digitadas, décimas, etc; además de ejercicios y estudios en donde ambas manos trabajan en la ejecución del instrumento, permitiendo, posteriormente, la interpretación musical del repertorio de compositores que va desde conciertos, sonatas y piezas con/sin acompañamiento de los diferentes periodos y estilos del Barroco, el Clasicismo, el Romanticismo, el Postromanticismo, el siglo XX hasta la música folclórica.

Simultáneamente, la mano izquierda se encarga de la digitación, presionando las cuerdas en el diapasón para producir diferentes notas, para lo cual es indispensable desarrollar una correcta ejecución de los movimientos de la muñeca, la mano, los dedos, los cambios de posición que permitan garantizar la afinación.

Además de la técnica del arco y la digitación, existen otras técnicas como el vibrato (una oscilación en la afinación que añade expresividad al sonido), el pizzicato (pulsar las cuerdas con los dedos), el glissando (deslizar el dedo a lo largo de la cuerda) y el uso de armónicos (sonidos agudos y cristalinos que se producen tocando ligeramente la cuerda en puntos específicos). La combinación de estas técnicas permite a los intérpretes una amplia gama de posibilidades expresivas.

De los instrumentos de cuerda frotada, el violín cuenta con mayor demanda, pues como menciona Hoppenot (2000) en su libro «El violín interior»: … la disponibilidad de bajo costo; violines hechos a máquina en una variedad de tamaños (como pequeños violines para jóvenes estudiantes), las oportunidades de desempeño para que los estudiantes juegan en grandes conciertos del grupo, y la filosofía mencionado que la música es para todos los niños, no sólo los pocos talentosos.

Generalmente las instituciones musicales cuentan con orquestas de cuerdas y/o sinfónicas y el violín en estas agrupaciones ocupa un papel protagónico, por lo general lleva la melodía y en la conformación orquestal tradicional, siempre el número de violinistas requeridos es mayor, es decir, en las orquestas sinfónicas profesionales el formato aproximado es de 30 violines por 10 chelos, 2 flautas, 3 trombones. Algo similar sucede en las orquestas de formación de las instituciones, en donde, siempre será mayor el número de estudiantes de violín.


Referencia

Hoppenot, D. (2000). El violín interior. Madrid, España: Real Musical

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